La vida es Misión: “aquí estoy, envíame” Is 6,8

May 2, 2025 | Escuela de Animación Misionera, Misión Hoy

Autor: Pbro. Ricardo Guillén


 

 

Es posible que el término “misión hoy” ya no tenga entre los cristianos católicos la misma fuerza y significado de unas décadas atrás. Al hablar de “misión” o “misiones” venían a nuestra mente las figuras heroicas de los misioneros, quienes, dejando atrás su tierra y parentela, partían a territorios desconocidos a anunciar el Evangelio de Jesucristo y a fundar nuevas iglesias, enfrentando no pocas dificultades y en muchos casos entregando su vida hasta el último aliento, para que la Buena Nueva fuera conocida.

Las misiones tenían como destinatarios a grupos humanos que no tenían conocimiento del Evangelio, que se encontraban a muchos kilómetros de distancia, que poseían culturas diversas y exóticas y practicaban religiones extrañas. Hacia estos mundos y con su forma de interpretar la realidad a cuestas partían los misioneros, con una visión unidireccional de la misión y con una concepción eclesiológica clerical. Sin embargo, a pesar de los condicionamientos propios de la época, esta manera de realizar la misión confiada por el Señor a la Iglesia permitió que el Evangelio fuera anunciado en todos los rincones del mundo, surgieran comunidades eclesiales en todos los continentes y la Iglesia se hiciera verdaderamente universal, es decir católica, en modo más visible.

Los tiempos y los contextos hoy en días son otros. La movilidad humana, el pluralismo cultural y religioso, el fenómeno de la globalización, entre otros, pero también la reflexión teológica de la Iglesia ha venido configurando un nuevo paradigma de la misión.

En nuestros días los discípulos de Jesús vamos comprendiendo con mayor claridad que la misión de hacer discípulos (Mt 28,19) es tarea de todos y no solo de aquellos misioneros de hábitos religiosos y largas barbas. Del Vaticano II emergió una Iglesia, que no coloca en el centro de su actividad misionera territorios que deberían ser administrados o conquistados, y sí, la naturaleza misionera de la Iglesia Pueblo de Dios al servicio del Reino. Una iglesia, que sin olvidar a los que aún no conocen el Evangelio de Jesús, se hace misionera para atraer y acompañar a todos a la vida con Dios.

Particularmente en América Latina las comunidades cristianas han venido avanzando en la toma de conciencia de que todos “en virtud de su bautismo, están llamados a ser discípulos y misioneros de Jesucristo” (DA 10) en su inserción en las realidades del mundo, para ser fermento de paz y justicia, y transformarlas según los valores del Reino de Dios.

La misión no es, por tanto, una realidad que se ajusta a nuestra vida como una opción, un accesorio o algo de lo que se pueda prescindir. La misión es la esencia misma de la existencia cristiana. Ha sido el santo padre Francisco quien nos ha ayudado a comprender con mayor hondura la dimensión existencial de la misión:

“La misión en el corazón del pueblo no es una parte de mi vida, o un adorno que me puedo quitar; no es un apéndice o un momento más de la existencia. Es algo que yo no puedo arrancar de mi ser si no quiero destruirme. Yo soy una misión en esta tierra, y para eso estoy en este mundo. Hay que reconocerse a sí mismo como marcado a fuego por esa misión de iluminar, bendecir, vivificar, levantar, sanar, liberar” (EG 273).

Es así como el Santo Padre nos exhorta a comprender que la misión se encuentra en el orden del ser más que del hacer. Podría decirse que la dimensión ontológica de la misión precede y funda la dimensión práctica.

La misión, entonces, se realiza, no solo en las tareas misioneras y evangelizadoras, sino también en los modos y relaciones como los discípulos de Jesús viven en el mundo. Ser discípulo misionero va más allá de realizar actividades o de cumplir tareas pastorales. La misión está en el orden del ser, de la identidad y no se reduce solo a momentos de la vida. La misión es un modo de ser en el mundo de los cristianos, quienes, viviendo en la alegría del encuentro con Dios y con la comunidad, son portadores de vida abundante y con su testimonio atraen a otros a la experiencia del discipulado.

En esta línea nos dice el Santo Padre en la Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (n. 27):

A veces tenemos la tentación de relegar la entrega pastoral o el compromiso en el mundo a un lugar secundario, como si fueran «distracciones» en el camino de la santificación y de la paz interior. Se olvida que «no es que la vida tenga una misión, sino que es misión”.

Decir que la vida es misión, es precisamente afirmar la imposibilidad de una realización solitaria. La misión supone en efecto ser enviado hacia otros y por otro e incluso se realiza entre otros, por lo tanto, la misión jamás es la aventura de un individuo solitario. Ser una misión en esta tierra como nos invita Francisco exige salir de sí mismos, de la propia autoreferencialidad, es un esfuerzo constante en ser con los otros, para los otros y desde los otros.

La misión de cada cristiano se constituye así en aproximación samaritana a los caídos en el camino y en presencia profética en la sociedad al hacer propias las luchas por la justicia y la construcción de un mundo para todos.

Son muchos entre nosotros quienes con su abnegación cotidiana, entregando lo que son y saben hacer al servicio de otros, se convierten en misioneros de la vida, aun sin saberlo. Tal vez no exhiben proezas que puedan interesar a los medios de comunicación, ni siquiera son reconocidos como enviados de Dios para dar vida al mundo, pero en lo concreto, hacen de su vida una misión en esta tierra. Basta pensar a los padres y madres que cada día luchan por conseguir el sustento de sus hijos, a los médicos que arriesgan su vida por salvar a los enfermos, a los hombres y mujeres consagrados que pasan toda su vida en las misiones entre nuestros hermanos indígenas, a los educadores que con un sueldo de hambre siguen perseverando en su vocación docente, a los sacerdotes que en todo momento cuidan y consuelan al pueblo de Dios, a los agricultores que cada día con esfuerzo labran la tierra, a los muchos voluntarios que dan de comer en las calles y atienden a los indigentes, a los obispos que desgastan sus vidas al servicio de las comunidades cristianas que les han sido encomendadas.

No siempre entendemos con claridad como vivir nuestra vida como una misión en este mundo. Tendremos que aprender a escuchar al Señor en los acontecimientos que vivimos. Para algunos santos, sus elecciones no siempre terminaron por ser aquella 11 Escuela de Animación Misionera que les habrían permitido hacer de su vida una misión en esta tierra. Pensemos a Santa Teresa de Calcuta, quien durante un viaje por la ciudad se acercó a un enfermo de la calle y sintió que cuando este le dijo “tengo sed” era Jesús mismo quien le estaba hablando. Y a partir de aquel día se entregó por completo a los más pobres de entre los pobres, primero en su ciudad, luego en todo el mundo. Más cerca a nosotros el Venerable Dr. José Gregorio Hernández quien después de varios intentos fallidos por seguir la vida religiosa contemplativa y el sacerdocio ministerial comprendió ante el sufrimiento de los enfermos y de los pobres que su consagración al Señor sería como “el médico de los pobres”. José Gregorio un laico venezolano que vivió su vida como una misión que dio y sigue dando con su intercesión vida y consuelo.

Son muchos los auténticos apasionados por la vida que han hecho de su paso por este mundo una misión. Porque lo que da valor a una vida y la constituye en misionera es el esfuerzo cotidiano por responder a la necesidad de otros configurando la propia existencia al servicio de la humanidad, para que con los actos de amor y misericordia se pueda conocer el amor de Dios que los hace posibles.

La misión, entonces, es también misión al corazón (missio ad cordis) a todos los hombres, a todos los pueblos, siempre más allá de toda frontera, nunca olvidando que no hay mayor pobreza en el corazón del hombre que la de no conocer a Dios. Misioneros de la vida para que a nadie falte la vida abundante que Jesús ha venido a traernos. Digámosle hoy y siempre: ¡Heme aquí Señor, envíame a dar vida!


*Guillén, R. (2020). La vida es Misión. Misión Hoy (73), 6-11. Disponible en el enlace.

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